Una cavidad del Alto Tajo (Guadalajara): la vida microscópica en la oscuridad absoluta
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En esta visita a una cueva del Alto Tajo volvemos a encontrarnos con su amplia colonia de murciélagos. Ya sabíamos de su existencia, por nuestra incursión a la cavidad en febrero de este mismo año, pero creíamos que ya no se encontraba allí. De modo que hicimos “media vuelta", ¡ar! “Un, dos, un, dos”. Como espeleólogos, sabemos que nunca, por ningún motivo, debemos atravesar las salas o galerías repletas de murciélagos, si nuestra presencia es motivo de trastorno para estas delicadas criaturas de la noche.
Pues bien, aunque no hemos podido visitar toda la cavidad, sí nos ha dado tiempo de ver algunos invertebrados que utilizan habitualmente las cuevas. Hemos contemplado y olfateado el guano de los murciélagos, aunque no con gusto. Su olor es nauseabundo, al ser una mezcla de orina y compuestos nitrogenados de las heces. Pero es un delicioso manjar para millones de larvas y adultos de dípteros, lepidópteros y coleópteros, así como para infinidad de gusanos nematodos, ácaros o colémbolos. No obstante, este no es el único alimento que dispone la fauna de las cuevas, os hablaremos de otros nutrientes extra que también se hallan en las cavidades. Pero, para hacerlo, volvamos al momento en que nos dimos la vuelta.
Cuando regresábamos, Pacho le dejó a Maika su linterna de ultravioleta y ¡bum! ¡Menudo descubrimiento ante nuestros incrédulos ojos! Lo primero que nos llamó la atención fue un cadáver de murciélago. Los huesos resplandecían a la luz UV, algo “extraordinario”. Nuestra amiga Virginia nos aclaró por WhatsApp que la luz UV se utiliza en excavaciones paleontológicas, ya que resalta la presencia de los restos óseos. Pero los pobres restos nos depararon otra sorpresa: ¿sabías que, en el oído interno de los murciélagos, la estructura llamada caracol o cóclea es enorme? Tanto que parece un verdadero molusco del grupo de los gasterópodos o caracoles. El interior de estas cócleas está tapizado por células con cilios sensibles a los sonidos −ondas mecánicas que viajan en el aire−. En los murciélagos, los cilios son tan numerosos que pueden percibir el sonido que ellos mismos emiten. Este conjunto de cilios, al vibrar por las ondas, transmite una respuesta eléctrica al cerebro, a lo largo de células nerviosas. Se forma así una imagen precisa de las distancias y obstáculos, permitiendo así el vuelo de estos increíbles mamíferos.
Seguidamente, volvimos a lanzar la luz UV sobre las paredes y techos de la cavidad donde aparecían tapices coloreados. El UV los destacaba, los hacía más visibles. Descubrimos colores amarillentos y grisáceos en las superficies ora arcillosas, ora estalagmíticas, donde su resplandor cromático nos impactaba. La razón se encuentra en los diversos pigmentos −rojos, amarillos o grises− contenidos en un tipo especial de bacterias, los Actinomycetota, antes incluidas entre los hongos por la forma filamentosa de sus células, que se asemejan a los “micelios” típicos de los mohos. Estos filamentos celulares dibujan estructuras radiales o estrelladas bien coloreadas y, por tanto, visibles a nuestro ojo. Los actinomicetos gustan de vivir a sus anchas en ambientes subterráneos pobres en nutrientes, cualquier resto de materia orgánica difícil de degradar por otros organismos puede ser su alimento. En un ambiente empobrecido como en las cavidades, su presencia es habitual. Aunque no solo viven en cavidades, el suelo del exterior es su hábitat más conocido, entre otras razones por suponer muchos de estos Actinomycetota candidatos ideales como fábricas de antibióticos, imprescindibles para la salud humana.
Junto a estos actinomicetos viven otras clases de bacterias y arqueas (éstas son similares solo en apariencia, algún día os hablaremos de ellas) y los más conspicuos, visibles, y en ocasiones extensos hongos filamentosos o mohos. Todos los hongos se nutren exclusivamente de materia orgánica procedente de otros organismos, aunque son algo más selectos que los actinomicetos, y cuentan con digestión extracelular, vertiendo las enzimas descomponedoras al exterior. En la cueva los vemos por todas partes consumiendo las deyecciones de los murciélagos, formando redes enormes de filamentos (hifas) que pueden cubrir desde un diminuto excremento a una pila completa de estos. Pero, los hongos no solo se alimentan de la materia orgánica muerta, también aprovechan la de los animales de las cuevas, como el que pudimos fotografiar.
En este devenir de quien devora más materia orgánica en una cavidad como la que estamos visitando, faltan un buen puñado de actores a escena. Pero, no nos alarguemos mucho, y ciñámonos a lo que vimos. Pastoreando la superficie repleta de microbiota, aquí y allá encontramos, como en el guano, un buen número de minúsculos colémbolos, caracterizados por su apéndice caudal que le permite dar enormes saltos; un gran número de diminutos ácaros y, no menos frecuentes, pequeños coleópteros estafilínidos con sus recortados élitros como si lucieran una chaqueta de frac. Todos ellos, junto a una plétora de larvas o gusanos nematodos, forman parte de esta red trófica o de transferencia de nutrientes que sutilmente estamos intentando relatar. Para completarla, faltan los depredadores de esta fauna que pastorea los microorganismos. Vemos, coleópteros estafilínidos de cierto tamaño, pero también carábidos de la especie Laemostenus terricola que, con sus casi dos centímetros y armado de evidentes mandíbulas en su cabeza prognata (desplazada hacia delante), representa la cúspide de esta cadena alimentaria de los invertebrados cavernícolas. Toda esta fauna no es exclusiva de las cuevas, pero forma parte indispensable en el singular ecosistema subterráneo de muchas cavidades ibéricas.
Este relato de lo que vimos en nuestra visita a la cavidad del Alto Tajo acaba aquí, pero volveremos, y como siempre, al salir nos esperaba un buen entrepán, pues había que reponer fuerzas y nos esperaba todavía la larga vuelta a casa. Nos vamos siendo conscientes de que esta cavidad con su valiosa colonia de murciélagos y su vida interior no nos ha dejado indiferentes.
Referencias
En: Sendra A. (Coord.). 2023. Habitantes de la oscuridad: Fauna Ibero-balear de las cuevas.
Sociedad Entomológica Aragonesa.
Enlace a la obra: “Habitantes de la Oscuridad”: https://www.youtube.com/watch?v=ZHIqnMgPiYE&t=9s
Alberto Sendra, Anatolio Tormos y Santiago Teruel
La vida en las balsas pétreas de la Cueva de la Ramera (Beteta, Serranía de Cuenca)
Cazadores en l’Avenc del Bovalar (Cinctorres, Castellón): Lithobiusjorbai Serra, 1977








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